Cada vez resulta más habitual ver cómo futbolistas que
alcanzan los treintaymuchos toman la
decisión de dejar Europa para marcharse a países como Qatar, Estados Unidos o
China y dar allí sus últimos coletazos en el mundo del fútbol. Grandes
jugadores como Raúl, Kanouté o Henry, atraídos por contratos millonarios,
culturas diferentes y con un pasado brillante a sus espaldas, viven o han
vivido el final de sus carreras deportivas en estos lugares, donde el nivel
competitivo de las ligas locales dista mucho del exhibido en las grandes ligas
europeas. Por otro lado, está el caso del elenco de jugadores que de un día
para otro reciben una oferta millonaria de un club de estos países y no se lo piensan
dos veces. Incluso estando en la plenitud de sus carreras, hacen las maletas.
Emana, Weiss o Nilmar son algunos de los ejemplos más conocidos.
Alessandro Diamanti
pertenece al segundo grupo. Una de las
mejores zurdas de Italia, sino la mejor, va a cambiar Bologna por el Guangzhou Evergrande chino, entrenado
por su compatriota Marcelo Lippi. Nueve millones de euros va a embolsar el club
italiano por su traspaso. Un precio relativamente asequible para cualquier
equipo de mitad de tabla para arriba de la Serie A. Pero no,
incomprensiblemente ninguno se ha planteado su fichaje. Así, Diamanti cambia la
pizza por el sushi, con el Mundial de Brasil a la vuelta de la esquina y el
Bologna con más papeletas si cabe aún para bajar a Serie B tras su marcha.
Diamanti no es un tipo cualquiera. El suyo es un caso
atípico, peculiar. Pese al enorme talento que atesora, es un jugador que nunca
ha pasado por un grande. Prato,
AlbinoLeffe, Empoli, Livorno, West Ham, Brescia, Bologna… Todos estos equipos
andaban más preocupados por evitar descensos que por lograr títulos. Y allí
estaba él, brillando. En la mayoría de ellos ha sido el halo de esperanza, el
clavo ardiendo al que se han agarrado para salvar la quema. Una rosa en medio del
pantano gris. Algunos le tacharán de mediocre. Otros, de romántico.
Calificaciones aparte, de lo que nadie duda es de su grandísima calidad.
Y es que cuando uno ve jugar a Diamanti, se pregunta cómo
diablos no ha podido acabar en un grande. Y ahora, que se marcha de Italia, nos
deja con la sensación de que se va con todavía mucho fútbol por ofrecer. Con
muchas cosas aún por demostrar. Con muchos goles de falta por regalar al
espectador. Con muchas asistencias imposibles por inventar.
Quizá su paso por China sea efímero y regrese a Italia en un
par de meses. Ojalá. Si no lo hace siempre nos quedará la duda de qué habría
sido de su carrera si hubiera jugado en un grande, arropado por futbolistas de
su nivel y en un contexto competitivo mucho mayor. Lo que si sabremos es que
Bologna y el Renato Dall’Ara le echarán de menos. Y la Serie A. Y el fútbol.
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