Anoche España y Francia jugaban un partido decisivo para coger una plaza que les llevase directamente al Mundial de Brasil. Lo hacían al norte de París, en el moderno Saint-Denis. Como todos sabréis, España ganó con un gol de Pedro, cuajó un gran partido y todos felices. Antes de todo eso, me pasó una cosa. Cuando a las nueve menos cuarto de la noche de ayer me disponía a sentarme en el sofá de mi casa a verlo, se me ocurrió echar un vistazo al resto de partidos que había. No encontraba ninguno que me llamara la atención. Ni el Alemania-Kazajstán. Ni el Holanda-Rumanía. Ni tampoco el Bélgica-Macedonia. Pero en ese momento, cuando estaba a punto de cerrar la página, vi, abajo del todo, el Montenegro-Inglaterra.
A priori, si a uno le dicen que hay un Montenegro-Inglaterra, seguramente le sea indiferente. Y pensará: trámite y victoria fácil para los de las islas, seguro. Ahora bien, cuando uno mira la clasificación del grupo H y ve a Montenegro liderándolo, la cosa cambia. Y cambia todavía más cuando uno se para a leer el once de los montenegrinos y ve que su delantera la conforman Vučinić y Jovetić. Casi nada. En ese momento, que me iba a merendar ese partido lo sabían hasta en China.
El partido tenía su miga. Montenegro, primera de su grupo con trece puntos, recibía en Podgorica a Inglaterra, segunda con once. El Pod Goricom era el escenario de la batalla. Un estadio construido allá por 1945, nada más acabar la Segunda Guerra Mundial. Por aquel entonces, tenía una capacidad para 5.000 espectadores. En 1952 se quemó y unos años más tarde, fue reconstruido aumentando en 10.000 el número de aficionados que podía albergar. Anoche, no cabía ni un alfiler allí. Salvo un par de ingleses que se podían contar con los dedos de la mano, el resto del estadio estaba poblado por montenegrinos conscientes de lo que se jugaban: medio billete para el Mundial de Brasil.
Y es que en Montenegro, hay vida más allá de estos dos. Uno de los que más me llamó la atención fue el zurdo Simon Vukcevic. Partiendo desde la derecha, el jugador del Karpaty Lviv no se cansó de tirar diagonales hacia dentro. Cada vez que cogía el balón, enfilaba la portería sin dudarlo ni un solo momento. El lateral Vladimir Volkov fue otro que me sorprendió gratamente. Incansable, se pasó todo el partido recorriéndose la banda izquierda. Un puñal. En la otra banda estaba Savic. A este si le conocía. Pero hasta ese momento, le había visto actuar como lateral, sino como central, en la defensa de tres de la Fiorentina. Pues nada, como si llevase toda la vida jugando ahí.
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