viernes, 29 de marzo de 2013

Dembélé: brillando a la sombra de Bale

Hace un rato he llegado a casa. He estado un par de días en el pueblo. Llevaba mucho tiempo sin ir por allí. Y ya lo echaba de menos. Añoraba ese olor a leña quemada, la cancha de fútbol, el monte y también la mirada huidiza de mi vecino de enfrente, un boxeador retirado. He tenido tiempo para reflexionar sobre muchos asuntos. Sobre si el Valencia entrará en Champions. Sobre si el Vitesse llegará vivo al final de la temporada para luchar por la Eredivisie. Y también sobre si Cavani dejará o no Nápoles este verano. 

Otra de los temas en los que me detuve a pensar fue en la gran temporada que está haciendo el Tottenham. Y lo hice justo ahora que atraviesan un "mal momento". Lo pongo entre comillas porque están en puestos Champions en la Premier y además siguen vivos en la Europa League, en octavos, tras dejar fuera al Inter. ¿No está mal, no? Si esto es estar en un mal momento que vayan a Rodgers y le digan si no se cambiaría por Villas-Boas. Corriendo iba. 

Cuando pensé en escribir sobre el Tottenham, lo primero que se me ocurrió fue hacerlo sobre Bale. Como no. Vive el mejor momento de su carrera y es la gran sensación de la Premier. Con esto no descubro nada, lo sé. El galés está en boca de todos. Veintiséis goles lleva ya esta temporada. Y los hace de todos los colores. Con la izquierda, de cabeza, en el último minuto, de falta, empujándola. En definitiva, los marca como le viene en gana. Además, suma catorce asistencias. Todo ello en 44 partidos. Y claro, viendo estas cifras, todos alucinamos con él, nos deshacemos en elogios y no vemos más allá de su figura. Y es una pena.

Es una pena porque más allá de este galés insaciable, hay un par de jugadores que esta temporada están brillando en White Hart Lane. Podríamos hablar de la irrupción de Caulker. O de la consolidación de Vertonguen como uno de los mejores defensas de la Premier. O por qué no, de lo bien que lo está haciendo Lloris. Pero hoy no toca dedicarles unas líneas a ellos. Nuestro protagonista es otro.

Es Moussa Dembélé, un futbolista que en apenas dos años ha experimentado una transformación tremenda. Hablar del Dembélé actual nos obliga a hacerlo de Martin Jol. Y es que el entrenador neerlandés es el gran responsable de que hoy Moussa sea el jugador que es. No recuerdo con exactitud ni la fecha ni el escenario, pero bendito el día en el que Jol decidió recolocar al espigado delantero belga como mediocentro. Su progresión desde aquel momento ha sido espectacular. Fue jugando en esa posición cuando llamó la atención del Tottenham. Este pasado verano se mudó de barrio con la misión de sustituir a un croata que acababa de cambiar Londres por Madrid. 

Reemplazar a Modric no era tarea fácil. Además, llegaba con la losa de las 15 millones de libras que había costado su fichaje. Seis meses después, nadie se acuerda del croata. Dembélé se ha hecho dueño y señor del mediocampo Spur. Con Parker como escudero, el belga se mueve a sus anchas por esa zona del campo. Colabora defensivamente, genera fútbol, se asocia y llega muy bien arriba. Vamos, un box to box en toda regla. Además, sabe leer muy bien los partidos. Con una capacidad extraordinaria para proteger el balón, le da pausa al equipo y también le imprime ritmo cuando lo ve oportuno. Es el termómetro del Tottenham. 

Él es otro de los culpables de la gran temporada que están haciendo los chicos de Villas-Boas. Aunque no haga los goles que hace Bale, es una de las piedras angulares del equipo londinense. Decir que es más importante en el Tottenham que el galés sería hacer demagogia. Y para demagogos, ya tenemos a los políticos de nuestro país. Ahora bien, lo que sí que podemos afirmar tranquilamente es que Dembélé es, a día de hoy, uno de los mejores centrocampistas de la Premier. Aunque en muchas ocasiones los golazos de Bale nos cieguen, de vez en cuando está bien mirar más allá. Merece la pena, de verdad. Haciéndolo, disfrutas de otros placeres del fútbol. Dembélé es uno de ellos. Otro insaciable, en la sombra. 


miércoles, 27 de marzo de 2013

Montenegro: mucho más que Vučinić y Jovetić

Anoche España y Francia jugaban un partido decisivo para coger una plaza que les llevase directamente al Mundial de Brasil. Lo hacían al norte de París, en el moderno Saint-Denis. Como todos sabréis, España ganó con un gol de Pedro, cuajó un gran partido y todos felices. Antes de todo eso, me pasó una cosa. Cuando a las nueve menos cuarto de la noche de ayer me disponía a sentarme en el sofá de mi casa a verlo, se me ocurrió echar un vistazo al resto de partidos que había. No encontraba ninguno que me llamara la atención. Ni el Alemania-Kazajstán. Ni el Holanda-Rumanía. Ni tampoco el Bélgica-Macedonia. Pero en ese momento, cuando estaba a punto de cerrar la página, vi, abajo del todo, el Montenegro-Inglaterra.

A priori, si a uno le dicen que hay un Montenegro-Inglaterra, seguramente le sea indiferente. Y pensará: trámite y victoria fácil para los de las islas, seguro. Ahora bien, cuando uno mira la clasificación del grupo H y ve a Montenegro liderándolo, la cosa cambia. Y cambia todavía más cuando uno se para a leer el once de los montenegrinos y ve que su delantera la conforman Vučinić y Jovetić. Casi nada. En ese momento, que me iba a merendar ese partido lo sabían hasta en China. 

El partido tenía su miga. Montenegro, primera de su grupo con trece puntos, recibía en Podgorica a Inglaterra, segunda con once. El Pod Goricom era el escenario de la batalla. Un estadio construido allá por 1945, nada más acabar la Segunda Guerra Mundial. Por aquel entonces, tenía una capacidad para 5.000 espectadores. En 1952 se quemó y unos años más tarde, fue reconstruido aumentando en 10.000 el número de aficionados que podía albergar. Anoche, no cabía ni un alfiler allí. Salvo un par de ingleses que se podían contar con los dedos de la mano, el resto del estadio estaba poblado por montenegrinos conscientes de lo que se jugaban: medio billete para el Mundial de Brasil.

Tan sólo seis minutos tardó Rooney en adelantar a Inglaterra. Y claro, en ese momento, sabiendo que aún no se habían enfrentado ambas selecciones, se te pasa por la cabeza esa victoria fácil que te habías imaginado sin saber nada del partido antes de que empezara. Se fue rápido. Tras unos minutos de tanteo tras el gol, los montenegrinos empezaron a carburar y, empujados por su público, se fueron comiendo poco a poco a Inglaterra. Llegaban y llegaban. Pero arriba, los dos que tenían que marcar las diferencias no lo hacían. Y es que ayer, ni Vučinić ni Jovetić tuvieron su día. Se movían, estaban activos, se asociaban, pero cuando se aproximaban al área de Hart se les nublaban las ideas. Me temía lo peor. Pero, cosas del fútbol, me llevé una grata sorpresa.

Y es que en Montenegro, hay vida más allá de estos dos. Uno de los que más me llamó la atención fue el zurdo Simon Vukcevic. Partiendo desde la derecha, el jugador del Karpaty Lviv no se cansó de tirar diagonales hacia dentro. Cada vez que cogía el balón, enfilaba la portería sin dudarlo ni un solo momento. El lateral Vladimir Volkov fue otro que me sorprendió gratamente. Incansable, se pasó todo el partido recorriéndose la banda izquierda. Un puñal. En la otra banda estaba Savic. A este si le conocía. Pero hasta ese momento, le había visto actuar como lateral, sino como central, en la defensa de tres de la Fiorentina. Pues nada, como si llevase toda la vida jugando ahí.  

Pero más allá de individualidades, lo que más me gustó de Montenegro fue el colectivo en sí. Es un equipo en el que todos trabajan, sin excepción. Todos van en la misma dirección. Y ahí el mérito lo tiene el seleccionador: Branko Brnovic. El montenegrino ha armado un plantel que está muy por encima de las individualidades. Ayer esto quedó demostrado. A pesar de que Vucinic y Jovetic no estuvieron acertados, el equipo supo competir y plantarle cara a Inglaterra e incluso, estuvo cerca de llevarse los tres puntos. Si no lo hizo, fue quizás por ese aspecto, por la falta de acierto arriba. Brnovic ha sabido camuflar las limitaciones de su plantilla y explotar sus puntos fuertes. Un equipo agresivo, rocoso, aguerrido y que acumula mucha gente en campo contrario cuando ataca. Un diez para él.

Volviendo a lo que fue el encuentro, Dejan Damjanovic logró el gol del empate tras una jugada embarullada a diez minutos del final y el resultado no se movió. Reparto de puntos y Montenegro que sigue líder, aventajando a Inglaterra en dos puntos. Se volverán a ver las caras en Wembley. Y esa será la prueba definitiva para Montenegro. Tras lo de ayer, los chicos de Brnovic pueden estar tranquilos. Si en ese partido Jovetic y Vucinic están más acertados, pensar en una victoria en Londres no se antoja utópico. Para nada. Y si no lo están, el colectivo se impondrá, una vez más, al igual que ocurrió ayer en el Pod Goricom. 



domingo, 24 de marzo de 2013

Se están cargando el fútbol

Hay muchos tipos de películas. Muchos no, muchísimos. Las hay románticas, de suspense, de terror, de ciencia ficción y también de acción. En muchas de ellas, sobre todo en las últimas, el cine casi siempre tiende a establecer dos grupos claramente enfrentados, que luego el espectador califica como "los buenos" y "los malos". Dentro de los buenos, el protagonista es el gran triunfador y acaba la película vivo y logrando su objetivo. En el camino, se encuentra con infinidad de obstáculos. Entre ellos, está el típico tiroteo final. Aunque por momentos parezca que los malos lleven la iniciativa, al final el bueno y los suyos acabarán derrotándoles. Éste quizás reciba algún disparo, pero ya sea por cuestión de suerte o por su propia naturaleza en muchos casos hasta divina, sobrevivirá saliéndose con la suya. Final feliz y el espectador que se irá a su casa, seguramente, con una sonrisa de oreja a oreja.

En el fútbol de hoy en día ocurre una cosa parecida. Dentro de ese estereotipado guión que exponía más arriba, nos encontramos en medio de ese tiroteo. Aquí los buenos somos el fútbol de verdad y los románticos de esto, mientras que los malos son el fútbol moderno, los jeques y el dinero. El disparo más reciente se ha producido en el municipio de Newham, en Londres. Y lo hemos sufrido nosotros, los buenos de la película.

Esta semana el West Ham hizo oficial un secreto a voces. El club que preside David Sullivan llegó a un acuerdo con el gobierno londinense para trasladarse al Estadio Olímpico a partir de 2016. A cambio de un puñado de millones y un aumento en el número de espectadores (de 35.000 a 60.000), los hammers dejarán uno de los estadios más míticos del fútbol ingles: Upton Park. Inaugurado en 1904, por allí han pasado ilustres como Bobby Moore, Trevor Brooking, Di Canio, Billy Bonds o Devonshire entre otros. El club londinense cambiará una mística y un ambiente únicos por lo que hoy en día prima en el fútbol: el dinero. Qué será de esas pompas que sobrevuelan The Boleyn Ground cada vez que el equipo salta al campomarca un gol. Qué pasará con la mítica Boleyn Tavern, situada al lado del estadio y lugar de peregrinaje para cualquier aficionado al fútbol que va a ver un partido del West Ham. Supongo que seguiremos viendo pompas en el nuevo estadio y que el dueño de la taberna relanzará su negocio de alguna manera, pero nada será igual.

Un pedacito del corazón de todos los hammers que hay por el mundo se irá con The Boleyn Ground. La última bala que han disparado los malos ha impactado directamente en ellos, pero también en los jugadores históricos de los que antes hablaba, o en otros más recientes como Frankie Lampard, Joe Cole, Diamanti o Scott Parker. Esa bala también nos ha dado a nosotros, a los románticos del fútbol, a los que preferimos un De Koel antes que un Etihad. Aunque nos duela decirlo, hoy el fútbol ha muerto un poco más. Esperemos que, aunque el panorama se presente negro, al igual que ocurre con el bueno en el cine, el fútbol auténtico, el de verdad, se imponga sobre aquellos que quieren acabar con él.