domingo, 29 de septiembre de 2013

Un bailarín entre fieras

El Tottenham-Chelsea del sábado nos dejó muchas cosas. La primera fue un Torres irreconocible. Irreconocible para bien. Motivado, rápido, desequilibante. Un déjà vu de aquel delantero que maravilló durante unos cuantos años en Anfield. Otra cosa que vimos fue a Mata. Condenado al banquillo en este inicio de temporada, ayer nos deleitó con 45 minutos que sin ser fantásticos, dejaron claro que el equipo le necesita. Algo que hasta el vendedor del puesto de salchichas y perritos calientes de las afueras de White Hart Lane sabe. De una falta botada por el asturiano nació el gol del empate blue.

Además, el partido tuvo ritmo, velocidad e intensidad. Muchísima intensidad. Todos corrían, iban y venían como perros de presa. Sin pausa. Y en ese clima de agitación puramente británica, se erigió un bailarín. Un tipo distinto, tranquilo, que le puso la pausa al partido cuando lo creyó oportuno: Eriksen. El danés, fino y liviano donde los haya, empezó a aparecer en 3/4 de campo y él sólito, dirigió al Tottenham. Como quiso. Filtrando pases, abriendo a banda, oxigenando al equipo. El que debía impedir que el 23 spur hiciese todo eso no estaba por la labor. Y es que las aportaciones de Obi Mikel son fantásticas si las comparásemos con las que podría ofrecer una anchoa. Con este panorama, el ex ajacied se lo pasó en grande. Hizo lo que quiso y más. El gol de Sigurdsson que abrió el marcador partió de una de sus apariciones por detrás del nigeriano. Y tras el gol, siguió igual. Controló y se salió hasta que le duró el físico. A partir de ahí y coincidiendo con la entrada de Mata, el Tottenham se vino a menos. Y el Chelsea creció. Los de Mourinho empataron gracias a un gol de Terry y a punto estuvieron de llevarse el derby londinense.

En Ámsterdam, Eriksen era el dueño y señor del equipo ajacied. Dirigía al equipo a su antojo y todas las jugadas de ataque pasaban por sus botas. Iba sobrado. En Londres, apenas le han bastado cuatro partidos para alzarse como el director de orquesta del Tottenham. Los aficionados spurs le quieren. Tanto que hasta le han dedicado una canción. Ya se ha hecho con un sitio fijo en el once de Villas-Boas por detrás del punta. Sin discusión. Es un futbolista distinto. Distinto a lo que tiene el Tottenham. Y distinto a lo que se ve en la Premier. Un jugador que te puede cambiar un partido con un pase, con un movimiento. Un bailarín que en un campo de fieras es capaz de amansarlas, maniatarlas y moverlas a su antojo. Hasta conseguir su objetivo.

lunes, 23 de septiembre de 2013

Un quiero y no puedo


El 16 de septiembre de 2007 Bojan Krkic (28 de agosto de 1990) debutaba con el Barcelona en Liga, contra Osasuna, convirtiéndose en el tercer jugador más joven en hacerlo con el equipo culé. Tres días más tarde, hacía lo propio en Champions. Y un mes más tarde, pasaría a ser, con 17 años y 51 días, el futbolista más joven de la historia del Barça en marcar un gol con el primer equipo. Ante el Villarreal.

Su carrera se antojaba brillante. 

Ya han pasado seis años desde aquel inicio fulgurante del chico de Liñola. Duró cuatro más en el Camp Nou, sin terminar de demostrar lo que en su día prometía. Sin hueco allí, se fue a probar fortuna al Calcio. Primero a la Roma. Fracaso. Y luego al Milan. Fracaso otra vez. Este verano decidió probar fortuna en Holanda. En Ámsterdam le esperaban con los brazos abiertos. 

Tras mes y medio de competición, se repite la historia. Bojan no marca goles. No desequilibra. No anda fino en los pases. No está ágil en sus movimientos, no tiene chispa. Y pese a todo, Bojan es titular indiscutible en el Ajax. Ha jugado todos los partidos (salvo uno que se quedó en el banquillo para tener descanso) con el equipo ajaccied. Y en ninguno ha destacado. Corre, lo intenta, pelea, lucha, va, viene. Pero no le salen las cosas. Un quiero y no puedo. Bojan es como el estudiante que se esfuerza, estudia y prepara a conciencia el examen, pero acaba suspendiéndolo. Y no por falta de aptitudes, sino más bien por error en el método de estudio.

Para más inri, el Ajax no ha empezado la temporada de la mejor manera posible. En la Eredivisie suman dos derrotas (AZ y PSV), dos empates (Heerenveen y Groningen) y sólo tres victorias (Roda, Feyenoord y Zwolle). En la última semana han encajado ocho goles. Dos 4-0 seguidos, contra Barça y PSV. Especialmente preocupante fue este último. En el Philips vimos a un Ajax muy flojo en defensa y sin mordiente en ataque, superado en todo por el equipo Boeren. Bojan fue titular. Como de costumbre. Y lo intentó, pero sin suerte. Como de costumbre. Acabó siendo sustituido, lo que no es nuevo. Y es que, de los seis partidos en los que ha sido titular, sólo ha completado uno de ellos. Los datos hablan por sí solos.

Pese a su mal rendimiento, De Boer sigue confiando en él. Y la pregunta es, ¿hasta cuándo? Alternativas -Tobïas Sana, Hoesen o incluso Andersen- tiene. Por tanto, no me cabe duda de que si Bojan sigue a este nivel, Frank acabará sentándole. Si eso pasa y el de Liñola no mejora, estaremos ante otro capítulo más de las cesiones improductivas del chico que con apenas 17 años se metió al Camp Nou en el bolsillo. Bojan Krkic, un tipo que por más que quiere, no puede.

viernes, 13 de septiembre de 2013

El tipo que no sabía ni quien era Messi

Hace ya más de un mes que volví de Burdeos. Allí pase un mes fantástico. Fui con el objetivo de mejorar mi francés. Y lo conseguí. Y de paso logré otro: descubrir una ciudad maravillosa. Cada día me sorprendía algo nuevo. Y es que, aunque Burdeos no es grande, tiene una infinidad de rincones para perderse. En todo el tiempo que estuve allí, sólo viví una anécdota relacionada con el fútbol. Os la cuento a continuación.

Mi famille d'accueil vivía en la Rue Moneyra, en le Boulevard, un barrio señorial situado a escasos quince minutos a pie del centro, de la Place Gambetta, la plaza que más vida tiene de todo Burdeos. El Chaban-Delmas -el estadio del Girondins- lo tenía a unos quince minutos de mi casa. Así que un día cogí la bici (la que me prestaba la familia) y allí que me fui. Serían las ocho de la tarde, un poco tarde para ser Francia. Aun así, yo confiaba en que estuviera abierto. La entrada principal estaba cerrada así que decidí dar la vuelta al estadio. A ver si había suerte. Para mi sorpresa, adosado a él había una especie de polideportivo, con canchas de fútbol, baloncesto, tenis y una pista de atletismo. Vi gente dentro y, casi cuando había dado la vuelta completa al recinto, encontré la puerta. Dejé la bici, entré y nada más pasar el hall, mis ojos presenciaron algo muy curioso. A mi derecha, un montón de chavales haciendo deporte. Y a mi izquierda, el Chaban-Delmas, un estadio con casi noventa años de historia. Una valla de no más de dos metros era lo único que los separaba.

La entrada principal del Chaban-Delmas

Volví al hall. No había nadie. Afuera, dos hombres de unos treintaymuchos años charlaban. Supuse que uno de ellos sería el que trabajaba allí atendiendo a la gente. Estaba en lo cierto. Después de tragarme una conversación de media hora sobre ciclismo, uno de los dos se fue. El que se quedó, un tipo fuerte, de uno noventaymuchos con aspecto rudo, se acercó a mi preguntándome si quería algo. Y entonces le pregunté si había alguna manera de visitar el estadio. Puso cara de incrédulo y  me dijo, con un tono bastante borde, que si realmente quería ver el estadio y por qué. Yo le conté de donde venía, mi pasión por el fútbol y lo que estaba haciendo allí. Y él, sorprendido, accedió a enseñármelo. Me insinuó que le podían echar por lo que iba a hacer, pero que le había caído bien y que me iba a dar el gusto. En ese momento, me hurgué en los bolsillos. No tenía el móvil. Ya que iba a entrar, no me podía ir de allí sin tirar un par de fotos. Se lo comenté. Me dijo que se iba en tres cuartos de hora y que ese día cogía vacaciones. No podía perder mi oportunidad. Total, que pille la bici, volví a casa, cogí el móvil y fui zumbando al estadio. En veintitrés minutos contados, estaba de vuelta. Y allí estaba el tío, esperándome en la puerta, tal y como me había prometido.

Las taquillas y al lado, la entrada al polideportivo

Bajamos unas escaleras, abrió la puerta que estaba en la valla que separaba el estadio del polideportivo y después, hizo lo propio con otra. Ya estábamos dentro. 

Nos sentamos en dos de los asientos y nos pusimos a charlar. Dado el contexto, quise entablar una conversación sobre fútbol pero rápidamente descubrí que mucho futuro no iba a tener. Aquel tipo no sabía ni quien era Messi. Así que cambiamos de tema. Él empezó a hablarme de su pasión por el rugby, contándome su parcour -había llegado a jugar en la tercera división francesa- y enumerándome jugadores que yo en mi vida había oído hablar. Pasaron diez minutos y nos marchamos. Cuando volvimos, me enseñó un par de fotos del que va a ser el nuevo estadio del Girondins y me explicó el cabreo que tenía la gente de Burdeos por el cambio, ya que la nueva casa de su equipo se encontraba a las afueras de la ciudad. Después de eso, nos despedimos, le di las gracias y volví a mi casa, tirando un par de fotos a los alrededores del estadio durante el camino.

Esta noche el Girondins recibe al todopoderoso PSG (20:30). Cuando empiece el partido, me será inevitable acordarme de lo que me pasó aquella tarde de principios de julio. Aquel día, vi el Chaban-Delmas vacío, sin nada (por no haber, no había ni porterías). No me transmitió mucho, la verdad. Hoy será distinto. Se va a llenar. Habrá más de 34.000 bordeleses animando a su equipo para conseguir la segunda victoria en liga (sólo suman cuatro puntos de doce posibles). Y aquí, a unos 700 kilómetros, habrá uno que también lo hará. Desde casa sí, pero como si estuviese allí también. Como cuando estuve sentado en esas gradas, hoy repletas, con aquel individuo que no sabía ni quien era Messi.

miércoles, 11 de septiembre de 2013

Competir

En el fútbol, como en la vida, muchas veces no basta con ser bueno. Hay que tener esa otra cosa, ese algo que te permita ser mejor que tu rival. Ese nopararquieto para estar un escalón por encima del otro. Ese estar espabilado. Ese notequedesdormido que te quitan el sitio. En el fútbol lo podemos identificar con la competitividad. Y no todos los equipos la tienen. Y es que aunque muchas veces no se le de importancia, la tiene. Y vaya que sí la tiene. La de veces que habremos visto equipos con grandes plantillas, llenas de futbolistas de mucha calidad, que luego no consiguen nada. Que nadie les recuerda.

A Uruguay no le pasa eso. Es una selección que tiene muchas limitaciones, sí. Pero es consciente de ellas. Y se hace fuerte a partir de ahí. Sabe a lo que juega y siempre es fiel a su estilo. Y si por algo se le puede definir es por eso: por saber competir. Cuando uno decide ponerse con un partido de Uruguay sabe que mucho fútbol -estéticamente hablando- no va a ver. Ahora bien, también es consciente de que va a ver a un equipo con once tíos que se dejan la vida durante los 90 minutos. Y eso es Uruguay. Una selección aguerrida, física, peleona, canchera. No le pidas más. No te lo va a dar.

Anoche jugaban contra Colombia. En casa, en el Centenario. Era un partido decisivo de cara al Mundial de Brasil. Necesitaban la victoría sí o sí. Y ellos qué hicieron. Pues lo de siempre: competir. Colombia fue mejor, pero se durmió cinco minutos. Y lo pagó. Dos zarpazos. Uno de Cavani y otro de Stuani. Y así, como quien no quiere la cosa, los tres puntos se quedaron en Montevideo. Y la clasificación para el Mundial, casi sellada.

Foto: Abc

Si ahora me preguntasen qué hizo Uruguay para llevarse el partido, seguramente no sabría qué responder. Me limitaría a decir lo que vengo contando aquí. Que supieron competir y que en cuanto el rival se despistó, no lo desaprovecharon. Y así, sin un gran fútbol -respetable siempre- pero con un estilo muy bien definido, el equipo de Tabárez tiene pie y medio en el Mundial del año que viene. Y si se meten, ¿qué harán allí? Pues bien. Nadie lo sabe. Pero hay una cosa que sí que está clara: que competirán. Como los que más.


jueves, 8 de agosto de 2013

No es un drama

Escribo desde la playa. Bueno, técnicamente, desde la playa playa, no. Lo hago desde el apartamento, que está a escasos cinco minutos de la playa andando, vaya. Hoy ha salido un día “malo”, lluvioso. Para la inmensa mayoría de los veraneantes españoles, que te salga un día así, en plenas vacaciones, es un drama. Pero para los que somos asiduos al norte, no lo es. Es una oportunidad. Una oportunidad para descubrir sitios nuevos, para coger el chubasquero, el mapa de carreteras y hallar enclaves que, por pequeños que sean, siempre tienen algo de especial, algo que puede llegar a gustarte más de lo que estás acostumbrado a ver.

Estos días en Anfield atraviesan una situación que guarda cierta similitud. Ayer The Guardian y The Telegraph publicaban, en exclusiva, una entrevista a Luis Suárez en la que el uruguayo dejaba las cosas muy claras. Quiere irse del Liverpool y quiere que le dejen hacerlo, tal y como, según él, le prometió Rodgers hace un año (si el equipo no se clasificaba para la Champions League). Además, ha asegurado que lo va a intentar por todos los medios posibles. Y claro. Para el noventaymuchos por ciento de los aficionados kopites, que deje Anfield supone un drama. Que digo drama, dramón. Dan por hecho que si el uruguayo se marcha, el Liverpool se hundirá. Aún más.

Por otro lado se encuentra, alejado de los focos mediáticos, un reducido grupo que cree firmemente que hay vida más allá de Luis Suárez. Lo piensa así porque, la temporada pasada, cuando el uruguayo estuvo sancionado por su célebre arrebato caníbal, el equipo demostró que podía competir y sacar los partidos adelante sin él. Lo cree porque aunque Coutinho, Iago Aspas y Sturridge no te aseguren individualmente más de 20 goles por temporada, juntos pueden formar una delantera magnífica que supere esos registros. Además, a ellos tres habría que sumarle el delantero que fichen para sustituir al uruguayo. Lo cree también porque Gerrard, aunque ya no es aquel box to box que corría más que todo el Liverpool junto, sigue siendo uno de los mejores mediocentros de la Premier. Y lo cree porque el Swansea de Rodgers que enamoró a Inglaterra era un equipo como tal, un bloque sólido que no dependía de nadie en particular.

El Liverpool que vimos la temporada pasada era un equipo que jugaba por y para Suárez. Cuando él no estaba fino, no había manera de ganar. Era así. La dependencia era absoluta. Con las llegadas de Sturridge y Coutinho en el mercado invernal, la cosa cambió. Poco, pero cambió. Aunque la Suárezdependencia eclipsaba bastante el talentazo de los otros dos, dejaron detalles, jugadas y goles que supusieron un halo de esperanza para el aficionado kopite, que vio como igual si que era posible ganar sin su estrella. Cuando el uruguayo no estuvo por la sanción, Coutinho y Sturridge lo hicieron todavía mejor. No se escondieron. A ellos se sumaron el resto de jugadores que, quizá heridos en el orgullo, dieron un poco más de sí mismos, demostrando que el Liverpool no era sólo Luis Suárez.

Suárez es buenísimo. De eso no hay duda. Es tan bueno que se ha cansado de estar en un equipo ahora secundón, que ya no entra ni en Europa League. Tiene hambre, hambre de títulos. Quiere pasear toda la calidad que atesora por el viejo continente, jugar la Champions League. El wengerismo ha llamado a su puerta. Y aunque el Arsenal lleve ya unos cuantos años sin ganar ni un título, él cree en el proyecto. Lo que deportivamente le ofrecen allí no se lo dan en Liverpool. Así que quiere marcharse. Y lo quiere ya.

Aunque Rodgers está emperrado en impedir que se marche de Anfield, Suárez seguramente se irá. Y aunque es una maravilla de jugador, la vida para el aficionado del Liverpool no se acaba con su marcha. Perderle no es un drama. Para nada. Es una oportunidad. La misma que si mañana vuelve a llover aquí en el norte.

domingo, 16 de junio de 2013

Como en el patio del colegio

Ayer por la tarde tuve un dilema. A eso de las nueve yo estaba viendo, como imagino muchos otros, la semifinal del Europeo U21 entre Holanda e Italia. A esa misma hora debutaba Brasil en la Copa Confederaciones, contra Japón. Y claro, no sabía con qué partido quedarme. Pese a lo horroroso que estaba siendo el duelo entre los Azzurrini y la Jong Oranje, decidí ponerme a doble pantalla. 

Casi sin haberme acomodado todavía en el sofá del salón, Neymar enganchó un balón en la frontal del área para inventarse una volea que fue directamente a parar a la escuadra. Gol. Qué digo gol, golazo. En apenas tres minutos, ya había visto más que en media hora. La cosa pintaba bien. 

Mis ojos ya sabían a dónde tenían que dirigir su atención. 

Ayer no era la primera vez que veía a la "nueva" Brasil de Scolari. Ya lo había hecho antes. Hacía escasamente un par de semanas, contra Inglaterra. Y las dos veces he tenido el mismo recuerdo viéndoles jugar. Mi mente ha ido directamente a parar a unos cuantos años atrás, al patio de mi colegio. Por aquel entonces, en los recreos, siempre aprovechábamos para echar partidillos. Primero hacíamos los equipos. Tratábamos de hacerlos equilibrados y cuando no era así, la cosa se convertía en un Brasil-Japón cualquiera. Estaba por un lado el equipo de los buenos y por otro, el de los malos. En el equipo de los buenos, de defensas siempre se ponían dos chicos altos y fuertes que nunca subían. De delanteros iban los mejores, que claro, como los defensas de los malos no les suponían nada, hacían todo lo que querían y más con ellos. Se quedaban arriba y esperaban a que los defensas les pasasen el balón. El mediocampo, como os podéis imaginar, ni existía. 

Con Brasil ocurre algo similar. Tienen dos defensas altos y fuertes, Thiago Silva y David Luiz. Y, como ocurría en mi colegio, también los de arriba son muy buenos. Neymar, Hulk, Oscar, vaya sí lo son. Mediocampo sí que existe en este caso, pero tampoco es que se le de mucha importancia. Y no es por falta de calidad, porque Luiz Gustavo y, sobre todo, Paulinho, sí la tienen. Pero el caso es que el juego del equipo de Scolari no pasa mucho por los que ocupan esa zona del campo. Su juego se basa en otra cosa. En algo parecido a lo que hacíamos nosotros en el patio. Darle el balón a los de arriba y esperar a que inventen algo. 

Y es que así juega Brasil. Con un fútbol poco elaborado, confía sus opciones al talento que atesoran los Neymar, Hulk, Oscar y compañía. Que yo no digo que esté mal, pero que sí creo que para el nivel de la plantilla, podían jugar a algo mucho mejor. Desde luego que sí. Sus partidos, al igual que ocurría con aquellos que jugábamos cuando eramos críos, también se deciden por individualidades. Ayer fue primero Neymar, luego Paulinho y finalmente Oscar, con una deliciosa asistencia para que Jô hiciese el tercero y definitivo. 3-0. Contundente sí, pero a mí las sensaciones que me dejaron no son las mejores. Contra Japón no tuvieron ningún problema para ganar. Ahora bien, la cuestión es qué pasará cuando el equipo de los buenos tenga enfrente a otro equipo de buenos. 

Lo veremos. Y pronto. Yo espero, expectante.




martes, 28 de mayo de 2013

La mejor despedida posible

"Antes de irme a ningún club, subiré al Crystal Palace a la Premier League, el sitio donde merece estar". 

Estas palabras las dijo Wilfried Zaha en diciembre, justo cuando Arsenal, Chelsea y Manchester United se pegaban por hacerse con él. Unos días después, Ferguson le llamó personalmente. Zaha sólo le puso una condición a su fichaje. Que le dejase en el Crystal Palace lo que quedaba de temporada. Tenía una misión: llevar a su equipo de toda la vida de vuelta a la Premier League. Y tenía clarísimo que haría todo lo que estuviese en su mano para lograrla. Fergie accedió y el United pagó ni más ni menos que 15 millones de libras por él, dejándole cedido en Selhurst Park hasta junio.

Pasaron los meses y el día más esperado llegó. 

Este lunes, el Crystal Palace jugaba la final del play-off de ascenso a la Premier League. El equipo de Holloway, que había acabado quinto en la Championship, se cargó en la semifinal al Brighton, cuarto. Tras el 0-0 en Selhurst Park, una magnífica actuación de Zaha en The Amex con doblete incluido llevaba al Palace directamente a Wembley. Allí esperaba el Watford, que se había colado en la final tras un final dramático contra el Leicester en Vicarage Road. 

Y allí estaba Zaha, a tan sólo un pasito de lograr su promesa. Tras 104 minutos regateando a diestro y siniestro, ante la atenta mirada de media Inglaterra y con 0-0 en el marcador, el bueno de Wilfried provocó un penalti. Kevin Phillips lo tiró. Y lo marcó. Después del gol, vinieron unos últimos minutos de la prórroga en los que al Palace le tocó sufrir un poco. El Watford apretó. Pero fue en vano. Cuando el árbitro pitó el final, Zaha sonrió, marcándose una carrera por la banda, una más, celebrando la victoria. Lo había conseguido. El Crystal Palace, su Crystal Palace, estaba de vuelta. Volvían a la Premier League, ocho años después.

Esa aventura a Zaha no le tocará vivirla. Le aguarda otra. Quizá más difícil. Quizá no. En Old Trafford le esperan. Con los brazos abiertos. Tienen ganas de saber cuál será su próximo reto.