lunes, 7 de octubre de 2013

Ravel Morrison: listo para triunfar

Recibió la pelota en el medio. Conduciéndola con la izquierda -su pierna mala- dejó atrás a Vertonghen. Le salió al paso Dawson. Y se fue de él. Encaró a Lloris y tras más de cuarenta metros de carrera, se la picó por encima con una suavidad sublime. Espectacular. Así fue el golazo que le marcó Ravel Morrison al Tottenham, una obra de arte al alcance de muy pocos. Corría el minuto 79 y el suyo supuso el tercer gol que el West Ham le endosaba al equipo de Villas-Boas. 0-3. En White Hart Lane. Casi nada.

Hace apenas dos años, pocos aventurarían que Morrison haría algo así. Siendo apenas un adolescente y llevando una vida de desenfrenos -mujeres, robos, drogas y alcohol- Ferguson le dijo que se buscara la vida. Era uno de los talentos más prometedores del Manchester United. Como también era uno de los chicos más problemáticos del club. Líos con la policía, acusaciones de violación, robos (un reloj a Ferdinand entre los más sonados) y un sinfín de problemas que terminaron por acabar con la paciencia de Sir Alex. En enero de 2012 lo fichó el West Ham, por aquel momento en la Championship, por 650.000 libras. Firmó un contrato de tres años con la promesa de volver a centrarse en el fútbol. Un espejismo. Apenas jugó diez minutos en los cinco meses que estuvo en Upton Park. El chico parecía no tener solución. 

El verano pasado el West Ham viajaba a Alemania para realizar un stage de pretemporada. Ravel se tuvo que ausentar del viaje un par de días alegando motivos personales. Resultaba que había perdido siete dientes. Y el club tuvo que pagarle un implante. Una broma que les salió por 28.000 €. Un par de semanas más tarde, salió cedido al Birmingham. Tras una primera vuelta llena de altibajos, fue haciéndose poco a poco con un hueco en el once de Lee Clark para terminar marcándose una segunda vuelta sensacional, siendo el jugador más destacado del equipo junto a Nathan Redmond. Redmond salió este verano rumbo a Norwich. Y Ravel, a Londres. Allardyce le esperaba. "Si me demuestra lo que vale en la pretemporada, se quedará con nosotros". Dicho y hecho. Marcó un par de goles y dejó muy buenas sensaciones en los ratitos que tuvo, a destacar el partido que cuajó ante el Sporting de Lisboa, haciendo un doblete


Tras un par de semanas de competición -y después de una actuación soberbia en Capital One Cup ante el Cheltenham con gol, asistencia y Man of the Match incluidos- Ravel Morrison se ha ganado un puesto como titular en el once hammer. "Ha cambiado. Es otra persona totalmente diferente a la que vino cuando lo fichamos. Se ha centrado y tiene todo para convertirse en un fantástico futbolista". Ésto dijo Allardyce hace un par de semanas. Ferguson, antes de darle literalmente por perdido cuando todavía era jugador suyo, aseguró que era "el mayor talento de la cantera del Manchester United desde Paul Scholes". Su gran inicio de temporada ha tenido su recompensa, entrando en la última convocatoria de la selección inglesa sub 21. 

Está en boca de todos. Y más aún tras la exhibición de ayer contra el Tottenham. 

"Es un genio. Fue increíble su gol. Será difícil ver uno mejor esta temporada. Ya sabíamos que era capaz de hacer algo así. Durante la pretemporada nos lo ha demostrado. Ya está preparado para asentarse en el fútbol de máximo nivel. Los 12 meses que estuvo cedido en el Birmingham le vinieron muy bien para darse cuenta de lo que uno tiene que hacer para triunfar en el fútbol". Sam Allardyce.

El propio Allardyce contaba hace poco en una entrevista que cuando ficharon a Morrison del United, Ferguson le comentó que se llevaban "a jugador de clase mundial". Tras un par de años en la sombra, Ravel -como prefiere que le llamen- empieza a dejar pinceladas de toda la clase que atesora. En este inicio ha irrumpido con mucha fuerza. Quiere demostrar todo lo que vale. Y quiere dedicarse a lo que mejor se le da: el fútbol. Si sigue con esta proyección y mantiene la cabeza en su sitio, el fútbol inglés está de enhorabuena. Tienen mediocentro para muchos años. Y de los buenos. 

domingo, 29 de septiembre de 2013

Un bailarín entre fieras

El Tottenham-Chelsea del sábado nos dejó muchas cosas. La primera fue un Torres irreconocible. Irreconocible para bien. Motivado, rápido, desequilibante. Un déjà vu de aquel delantero que maravilló durante unos cuantos años en Anfield. Otra cosa que vimos fue a Mata. Condenado al banquillo en este inicio de temporada, ayer nos deleitó con 45 minutos que sin ser fantásticos, dejaron claro que el equipo le necesita. Algo que hasta el vendedor del puesto de salchichas y perritos calientes de las afueras de White Hart Lane sabe. De una falta botada por el asturiano nació el gol del empate blue.

Además, el partido tuvo ritmo, velocidad e intensidad. Muchísima intensidad. Todos corrían, iban y venían como perros de presa. Sin pausa. Y en ese clima de agitación puramente británica, se erigió un bailarín. Un tipo distinto, tranquilo, que le puso la pausa al partido cuando lo creyó oportuno: Eriksen. El danés, fino y liviano donde los haya, empezó a aparecer en 3/4 de campo y él sólito, dirigió al Tottenham. Como quiso. Filtrando pases, abriendo a banda, oxigenando al equipo. El que debía impedir que el 23 spur hiciese todo eso no estaba por la labor. Y es que las aportaciones de Obi Mikel son fantásticas si las comparásemos con las que podría ofrecer una anchoa. Con este panorama, el ex ajacied se lo pasó en grande. Hizo lo que quiso y más. El gol de Sigurdsson que abrió el marcador partió de una de sus apariciones por detrás del nigeriano. Y tras el gol, siguió igual. Controló y se salió hasta que le duró el físico. A partir de ahí y coincidiendo con la entrada de Mata, el Tottenham se vino a menos. Y el Chelsea creció. Los de Mourinho empataron gracias a un gol de Terry y a punto estuvieron de llevarse el derby londinense.

En Ámsterdam, Eriksen era el dueño y señor del equipo ajacied. Dirigía al equipo a su antojo y todas las jugadas de ataque pasaban por sus botas. Iba sobrado. En Londres, apenas le han bastado cuatro partidos para alzarse como el director de orquesta del Tottenham. Los aficionados spurs le quieren. Tanto que hasta le han dedicado una canción. Ya se ha hecho con un sitio fijo en el once de Villas-Boas por detrás del punta. Sin discusión. Es un futbolista distinto. Distinto a lo que tiene el Tottenham. Y distinto a lo que se ve en la Premier. Un jugador que te puede cambiar un partido con un pase, con un movimiento. Un bailarín que en un campo de fieras es capaz de amansarlas, maniatarlas y moverlas a su antojo. Hasta conseguir su objetivo.

lunes, 23 de septiembre de 2013

Un quiero y no puedo


El 16 de septiembre de 2007 Bojan Krkic (28 de agosto de 1990) debutaba con el Barcelona en Liga, contra Osasuna, convirtiéndose en el tercer jugador más joven en hacerlo con el equipo culé. Tres días más tarde, hacía lo propio en Champions. Y un mes más tarde, pasaría a ser, con 17 años y 51 días, el futbolista más joven de la historia del Barça en marcar un gol con el primer equipo. Ante el Villarreal.

Su carrera se antojaba brillante. 

Ya han pasado seis años desde aquel inicio fulgurante del chico de Liñola. Duró cuatro más en el Camp Nou, sin terminar de demostrar lo que en su día prometía. Sin hueco allí, se fue a probar fortuna al Calcio. Primero a la Roma. Fracaso. Y luego al Milan. Fracaso otra vez. Este verano decidió probar fortuna en Holanda. En Ámsterdam le esperaban con los brazos abiertos. 

Tras mes y medio de competición, se repite la historia. Bojan no marca goles. No desequilibra. No anda fino en los pases. No está ágil en sus movimientos, no tiene chispa. Y pese a todo, Bojan es titular indiscutible en el Ajax. Ha jugado todos los partidos (salvo uno que se quedó en el banquillo para tener descanso) con el equipo ajaccied. Y en ninguno ha destacado. Corre, lo intenta, pelea, lucha, va, viene. Pero no le salen las cosas. Un quiero y no puedo. Bojan es como el estudiante que se esfuerza, estudia y prepara a conciencia el examen, pero acaba suspendiéndolo. Y no por falta de aptitudes, sino más bien por error en el método de estudio.

Para más inri, el Ajax no ha empezado la temporada de la mejor manera posible. En la Eredivisie suman dos derrotas (AZ y PSV), dos empates (Heerenveen y Groningen) y sólo tres victorias (Roda, Feyenoord y Zwolle). En la última semana han encajado ocho goles. Dos 4-0 seguidos, contra Barça y PSV. Especialmente preocupante fue este último. En el Philips vimos a un Ajax muy flojo en defensa y sin mordiente en ataque, superado en todo por el equipo Boeren. Bojan fue titular. Como de costumbre. Y lo intentó, pero sin suerte. Como de costumbre. Acabó siendo sustituido, lo que no es nuevo. Y es que, de los seis partidos en los que ha sido titular, sólo ha completado uno de ellos. Los datos hablan por sí solos.

Pese a su mal rendimiento, De Boer sigue confiando en él. Y la pregunta es, ¿hasta cuándo? Alternativas -Tobïas Sana, Hoesen o incluso Andersen- tiene. Por tanto, no me cabe duda de que si Bojan sigue a este nivel, Frank acabará sentándole. Si eso pasa y el de Liñola no mejora, estaremos ante otro capítulo más de las cesiones improductivas del chico que con apenas 17 años se metió al Camp Nou en el bolsillo. Bojan Krkic, un tipo que por más que quiere, no puede.

viernes, 13 de septiembre de 2013

El tipo que no sabía ni quien era Messi

Hace ya más de un mes que volví de Burdeos. Allí pase un mes fantástico. Fui con el objetivo de mejorar mi francés. Y lo conseguí. Y de paso logré otro: descubrir una ciudad maravillosa. Cada día me sorprendía algo nuevo. Y es que, aunque Burdeos no es grande, tiene una infinidad de rincones para perderse. En todo el tiempo que estuve allí, sólo viví una anécdota relacionada con el fútbol. Os la cuento a continuación.

Mi famille d'accueil vivía en la Rue Moneyra, en le Boulevard, un barrio señorial situado a escasos quince minutos a pie del centro, de la Place Gambetta, la plaza que más vida tiene de todo Burdeos. El Chaban-Delmas -el estadio del Girondins- lo tenía a unos quince minutos de mi casa. Así que un día cogí la bici (la que me prestaba la familia) y allí que me fui. Serían las ocho de la tarde, un poco tarde para ser Francia. Aun así, yo confiaba en que estuviera abierto. La entrada principal estaba cerrada así que decidí dar la vuelta al estadio. A ver si había suerte. Para mi sorpresa, adosado a él había una especie de polideportivo, con canchas de fútbol, baloncesto, tenis y una pista de atletismo. Vi gente dentro y, casi cuando había dado la vuelta completa al recinto, encontré la puerta. Dejé la bici, entré y nada más pasar el hall, mis ojos presenciaron algo muy curioso. A mi derecha, un montón de chavales haciendo deporte. Y a mi izquierda, el Chaban-Delmas, un estadio con casi noventa años de historia. Una valla de no más de dos metros era lo único que los separaba.

La entrada principal del Chaban-Delmas

Volví al hall. No había nadie. Afuera, dos hombres de unos treintaymuchos años charlaban. Supuse que uno de ellos sería el que trabajaba allí atendiendo a la gente. Estaba en lo cierto. Después de tragarme una conversación de media hora sobre ciclismo, uno de los dos se fue. El que se quedó, un tipo fuerte, de uno noventaymuchos con aspecto rudo, se acercó a mi preguntándome si quería algo. Y entonces le pregunté si había alguna manera de visitar el estadio. Puso cara de incrédulo y  me dijo, con un tono bastante borde, que si realmente quería ver el estadio y por qué. Yo le conté de donde venía, mi pasión por el fútbol y lo que estaba haciendo allí. Y él, sorprendido, accedió a enseñármelo. Me insinuó que le podían echar por lo que iba a hacer, pero que le había caído bien y que me iba a dar el gusto. En ese momento, me hurgué en los bolsillos. No tenía el móvil. Ya que iba a entrar, no me podía ir de allí sin tirar un par de fotos. Se lo comenté. Me dijo que se iba en tres cuartos de hora y que ese día cogía vacaciones. No podía perder mi oportunidad. Total, que pille la bici, volví a casa, cogí el móvil y fui zumbando al estadio. En veintitrés minutos contados, estaba de vuelta. Y allí estaba el tío, esperándome en la puerta, tal y como me había prometido.

Las taquillas y al lado, la entrada al polideportivo

Bajamos unas escaleras, abrió la puerta que estaba en la valla que separaba el estadio del polideportivo y después, hizo lo propio con otra. Ya estábamos dentro. 

Nos sentamos en dos de los asientos y nos pusimos a charlar. Dado el contexto, quise entablar una conversación sobre fútbol pero rápidamente descubrí que mucho futuro no iba a tener. Aquel tipo no sabía ni quien era Messi. Así que cambiamos de tema. Él empezó a hablarme de su pasión por el rugby, contándome su parcour -había llegado a jugar en la tercera división francesa- y enumerándome jugadores que yo en mi vida había oído hablar. Pasaron diez minutos y nos marchamos. Cuando volvimos, me enseñó un par de fotos del que va a ser el nuevo estadio del Girondins y me explicó el cabreo que tenía la gente de Burdeos por el cambio, ya que la nueva casa de su equipo se encontraba a las afueras de la ciudad. Después de eso, nos despedimos, le di las gracias y volví a mi casa, tirando un par de fotos a los alrededores del estadio durante el camino.

Esta noche el Girondins recibe al todopoderoso PSG (20:30). Cuando empiece el partido, me será inevitable acordarme de lo que me pasó aquella tarde de principios de julio. Aquel día, vi el Chaban-Delmas vacío, sin nada (por no haber, no había ni porterías). No me transmitió mucho, la verdad. Hoy será distinto. Se va a llenar. Habrá más de 34.000 bordeleses animando a su equipo para conseguir la segunda victoria en liga (sólo suman cuatro puntos de doce posibles). Y aquí, a unos 700 kilómetros, habrá uno que también lo hará. Desde casa sí, pero como si estuviese allí también. Como cuando estuve sentado en esas gradas, hoy repletas, con aquel individuo que no sabía ni quien era Messi.

miércoles, 11 de septiembre de 2013

Competir

En el fútbol, como en la vida, muchas veces no basta con ser bueno. Hay que tener esa otra cosa, ese algo que te permita ser mejor que tu rival. Ese nopararquieto para estar un escalón por encima del otro. Ese estar espabilado. Ese notequedesdormido que te quitan el sitio. En el fútbol lo podemos identificar con la competitividad. Y no todos los equipos la tienen. Y es que aunque muchas veces no se le de importancia, la tiene. Y vaya que sí la tiene. La de veces que habremos visto equipos con grandes plantillas, llenas de futbolistas de mucha calidad, que luego no consiguen nada. Que nadie les recuerda.

A Uruguay no le pasa eso. Es una selección que tiene muchas limitaciones, sí. Pero es consciente de ellas. Y se hace fuerte a partir de ahí. Sabe a lo que juega y siempre es fiel a su estilo. Y si por algo se le puede definir es por eso: por saber competir. Cuando uno decide ponerse con un partido de Uruguay sabe que mucho fútbol -estéticamente hablando- no va a ver. Ahora bien, también es consciente de que va a ver a un equipo con once tíos que se dejan la vida durante los 90 minutos. Y eso es Uruguay. Una selección aguerrida, física, peleona, canchera. No le pidas más. No te lo va a dar.

Anoche jugaban contra Colombia. En casa, en el Centenario. Era un partido decisivo de cara al Mundial de Brasil. Necesitaban la victoría sí o sí. Y ellos qué hicieron. Pues lo de siempre: competir. Colombia fue mejor, pero se durmió cinco minutos. Y lo pagó. Dos zarpazos. Uno de Cavani y otro de Stuani. Y así, como quien no quiere la cosa, los tres puntos se quedaron en Montevideo. Y la clasificación para el Mundial, casi sellada.

Foto: Abc

Si ahora me preguntasen qué hizo Uruguay para llevarse el partido, seguramente no sabría qué responder. Me limitaría a decir lo que vengo contando aquí. Que supieron competir y que en cuanto el rival se despistó, no lo desaprovecharon. Y así, sin un gran fútbol -respetable siempre- pero con un estilo muy bien definido, el equipo de Tabárez tiene pie y medio en el Mundial del año que viene. Y si se meten, ¿qué harán allí? Pues bien. Nadie lo sabe. Pero hay una cosa que sí que está clara: que competirán. Como los que más.


jueves, 8 de agosto de 2013

No es un drama

Escribo desde la playa. Bueno, técnicamente, desde la playa playa, no. Lo hago desde el apartamento, que está a escasos cinco minutos de la playa andando, vaya. Hoy ha salido un día “malo”, lluvioso. Para la inmensa mayoría de los veraneantes españoles, que te salga un día así, en plenas vacaciones, es un drama. Pero para los que somos asiduos al norte, no lo es. Es una oportunidad. Una oportunidad para descubrir sitios nuevos, para coger el chubasquero, el mapa de carreteras y hallar enclaves que, por pequeños que sean, siempre tienen algo de especial, algo que puede llegar a gustarte más de lo que estás acostumbrado a ver.

Estos días en Anfield atraviesan una situación que guarda cierta similitud. Ayer The Guardian y The Telegraph publicaban, en exclusiva, una entrevista a Luis Suárez en la que el uruguayo dejaba las cosas muy claras. Quiere irse del Liverpool y quiere que le dejen hacerlo, tal y como, según él, le prometió Rodgers hace un año (si el equipo no se clasificaba para la Champions League). Además, ha asegurado que lo va a intentar por todos los medios posibles. Y claro. Para el noventaymuchos por ciento de los aficionados kopites, que deje Anfield supone un drama. Que digo drama, dramón. Dan por hecho que si el uruguayo se marcha, el Liverpool se hundirá. Aún más.

Por otro lado se encuentra, alejado de los focos mediáticos, un reducido grupo que cree firmemente que hay vida más allá de Luis Suárez. Lo piensa así porque, la temporada pasada, cuando el uruguayo estuvo sancionado por su célebre arrebato caníbal, el equipo demostró que podía competir y sacar los partidos adelante sin él. Lo cree porque aunque Coutinho, Iago Aspas y Sturridge no te aseguren individualmente más de 20 goles por temporada, juntos pueden formar una delantera magnífica que supere esos registros. Además, a ellos tres habría que sumarle el delantero que fichen para sustituir al uruguayo. Lo cree también porque Gerrard, aunque ya no es aquel box to box que corría más que todo el Liverpool junto, sigue siendo uno de los mejores mediocentros de la Premier. Y lo cree porque el Swansea de Rodgers que enamoró a Inglaterra era un equipo como tal, un bloque sólido que no dependía de nadie en particular.

El Liverpool que vimos la temporada pasada era un equipo que jugaba por y para Suárez. Cuando él no estaba fino, no había manera de ganar. Era así. La dependencia era absoluta. Con las llegadas de Sturridge y Coutinho en el mercado invernal, la cosa cambió. Poco, pero cambió. Aunque la Suárezdependencia eclipsaba bastante el talentazo de los otros dos, dejaron detalles, jugadas y goles que supusieron un halo de esperanza para el aficionado kopite, que vio como igual si que era posible ganar sin su estrella. Cuando el uruguayo no estuvo por la sanción, Coutinho y Sturridge lo hicieron todavía mejor. No se escondieron. A ellos se sumaron el resto de jugadores que, quizá heridos en el orgullo, dieron un poco más de sí mismos, demostrando que el Liverpool no era sólo Luis Suárez.

Suárez es buenísimo. De eso no hay duda. Es tan bueno que se ha cansado de estar en un equipo ahora secundón, que ya no entra ni en Europa League. Tiene hambre, hambre de títulos. Quiere pasear toda la calidad que atesora por el viejo continente, jugar la Champions League. El wengerismo ha llamado a su puerta. Y aunque el Arsenal lleve ya unos cuantos años sin ganar ni un título, él cree en el proyecto. Lo que deportivamente le ofrecen allí no se lo dan en Liverpool. Así que quiere marcharse. Y lo quiere ya.

Aunque Rodgers está emperrado en impedir que se marche de Anfield, Suárez seguramente se irá. Y aunque es una maravilla de jugador, la vida para el aficionado del Liverpool no se acaba con su marcha. Perderle no es un drama. Para nada. Es una oportunidad. La misma que si mañana vuelve a llover aquí en el norte.

domingo, 16 de junio de 2013

Como en el patio del colegio

Ayer por la tarde tuve un dilema. A eso de las nueve yo estaba viendo, como imagino muchos otros, la semifinal del Europeo U21 entre Holanda e Italia. A esa misma hora debutaba Brasil en la Copa Confederaciones, contra Japón. Y claro, no sabía con qué partido quedarme. Pese a lo horroroso que estaba siendo el duelo entre los Azzurrini y la Jong Oranje, decidí ponerme a doble pantalla. 

Casi sin haberme acomodado todavía en el sofá del salón, Neymar enganchó un balón en la frontal del área para inventarse una volea que fue directamente a parar a la escuadra. Gol. Qué digo gol, golazo. En apenas tres minutos, ya había visto más que en media hora. La cosa pintaba bien. 

Mis ojos ya sabían a dónde tenían que dirigir su atención. 

Ayer no era la primera vez que veía a la "nueva" Brasil de Scolari. Ya lo había hecho antes. Hacía escasamente un par de semanas, contra Inglaterra. Y las dos veces he tenido el mismo recuerdo viéndoles jugar. Mi mente ha ido directamente a parar a unos cuantos años atrás, al patio de mi colegio. Por aquel entonces, en los recreos, siempre aprovechábamos para echar partidillos. Primero hacíamos los equipos. Tratábamos de hacerlos equilibrados y cuando no era así, la cosa se convertía en un Brasil-Japón cualquiera. Estaba por un lado el equipo de los buenos y por otro, el de los malos. En el equipo de los buenos, de defensas siempre se ponían dos chicos altos y fuertes que nunca subían. De delanteros iban los mejores, que claro, como los defensas de los malos no les suponían nada, hacían todo lo que querían y más con ellos. Se quedaban arriba y esperaban a que los defensas les pasasen el balón. El mediocampo, como os podéis imaginar, ni existía. 

Con Brasil ocurre algo similar. Tienen dos defensas altos y fuertes, Thiago Silva y David Luiz. Y, como ocurría en mi colegio, también los de arriba son muy buenos. Neymar, Hulk, Oscar, vaya sí lo son. Mediocampo sí que existe en este caso, pero tampoco es que se le de mucha importancia. Y no es por falta de calidad, porque Luiz Gustavo y, sobre todo, Paulinho, sí la tienen. Pero el caso es que el juego del equipo de Scolari no pasa mucho por los que ocupan esa zona del campo. Su juego se basa en otra cosa. En algo parecido a lo que hacíamos nosotros en el patio. Darle el balón a los de arriba y esperar a que inventen algo. 

Y es que así juega Brasil. Con un fútbol poco elaborado, confía sus opciones al talento que atesoran los Neymar, Hulk, Oscar y compañía. Que yo no digo que esté mal, pero que sí creo que para el nivel de la plantilla, podían jugar a algo mucho mejor. Desde luego que sí. Sus partidos, al igual que ocurría con aquellos que jugábamos cuando eramos críos, también se deciden por individualidades. Ayer fue primero Neymar, luego Paulinho y finalmente Oscar, con una deliciosa asistencia para que Jô hiciese el tercero y definitivo. 3-0. Contundente sí, pero a mí las sensaciones que me dejaron no son las mejores. Contra Japón no tuvieron ningún problema para ganar. Ahora bien, la cuestión es qué pasará cuando el equipo de los buenos tenga enfrente a otro equipo de buenos

Lo veremos. Y pronto. Yo espero, expectante.




martes, 28 de mayo de 2013

La mejor despedida posible

"Antes de irme a ningún club, subiré al Crystal Palace a la Premier League, el sitio donde merece estar". 

Estas palabras las dijo Wilfried Zaha en diciembre, justo cuando Arsenal, Chelsea y Manchester United se pegaban por hacerse con él. Unos días después, Ferguson le llamó personalmente. Zaha sólo le puso una condición a su fichaje. Que le dejase en el Crystal Palace lo que quedaba de temporada. Tenía una misión: llevar a su equipo de toda la vida de vuelta a la Premier League. Y tenía clarísimo que haría todo lo que estuviese en su mano para lograrla. Fergie accedió y el United pagó ni más ni menos que 15 millones de libras por él, dejándole cedido en Selhurst Park hasta junio.

Pasaron los meses y el día más esperado llegó. 

Este lunes, el Crystal Palace jugaba la final del play-off de ascenso a la Premier League. El equipo de Holloway, que había acabado quinto en la Championship, se cargó en la semifinal al Brighton, cuarto. Tras el 0-0 en Selhurst Park, una magnífica actuación de Zaha en The Amex con doblete incluido llevaba al Palace directamente a Wembley. Allí esperaba el Watford, que se había colado en la final tras un final dramático contra el Leicester en Vicarage Road

Y allí estaba Zaha, a tan sólo un pasito de lograr su promesa. Tras 104 minutos regateando a diestro y siniestro, ante la atenta mirada de media Inglaterra y con 0-0 en el marcador, el bueno de Wilfried provocó un penalti. Kevin Phillips lo tiró. Y lo marcó. Después del gol, vinieron unos últimos minutos de la prórroga en los que al Palace le tocó sufrir un poco. El Watford apretó. Pero fue en vano. Cuando el árbitro pitó el final, Zaha sonrió, marcándose una carrera por la banda, una más, celebrando la victoria. Lo había conseguido. El Crystal Palace, su Crystal Palace, estaba de vuelta. Volvían a la Premier League, ocho años después.

Esa aventura a Zaha no le tocará vivirla. Le aguarda otra. Quizá más difícil. Quizá no. En Old Trafford le esperan. Con los brazos abiertos. Tienen ganas de saber cuál será su próximo reto.

martes, 7 de mayo de 2013

La tercera de Frank

6 de diciembre de 2010. Martin Jol dimite como técnico del Ajax. Lo hace unos días después de haber empatado en casa contra el NEC Nijmegen (1-1). Ese mismo día, el club ajacied emite un comunicado oficial anunciando la contratación de Frank de Boer de manera provisional hasta el 24 del mismo mes, día en el que se inicia el parón invernal.

Aquella tarde de invierno seguramente ni el propio Frank sabía lo poco que iba a tener de “provisional” su aventura como entrenador del Ajax.

Tan sólo dos días después de su presentación, el nuevo técnico Amsterdammer se iba a encontrar con su primera prueba de fuego. El Ajax visitaba San Siro y se jugaba en el último partido de la fase de grupos de la Champions League ante el Milan su clasificación para la Europa League. Contra todo pronóstico, el equipo holandés consiguió una victoria por dos goles a cero. Gracias a los tres puntos, el Ajax lograba su objetivo.

Ni en sus mejores sueños Frank se había imaginado un debut así.

Y aquello tan solo era el comienzo.

Aquel mercado invernal trajo cambios en Amsterdam. Se marcharon dos piezas claves del equipo: Urby Emanuelson, rumbo a Milan; y el que hasta el momento era el mejor jugador de la Eredivisie, Luis Suárez, con destino Anfield. Ello no supuso un problema. De Boer, que había heredado un equipo que iba cuarto en liga, inició una remontada espectacular. Tras realizar una magnífica segunda vuelta, los ajacieden llegaban a la última jornada con opciones de alzarse con el título. Y lo consiguieron. Derrotaron al Twente por tres goles a uno y le arrebataron la Eredivisie, justo una semana después de haber caído derrotados contra el club de Enschede en la final de la KNVB Beker, la Copa de los Países Bajos. Casualidades del destino. El que había llegado como técnico provisional había devuelto al club de Amsterdam el título liguero siete años después.

La temporada siguiente, Frank de Boer consiguió otra vez la Eredivisie. Y este fin de semana, a falta de una jornada por disputar, lo ha vuelto a hacer. Endosándole una manita al Willem II en el Amsterdam Arena, Frank se proclamaba campeón con el Ajax por tercer año consecutivo, algo que hasta ahora sólo lo habían conseguido Rinus Michels y Louis Van Gaal. Toda una hazaña. Junto a Guus Hiddink (PSV), son los únicos que han conseguido enlazar tres títulos ligueros en sus tres primeros años como entrenadores.

Las tres temporadas en las que Frank de Boer ha estado al mando del Ajax tienen algo en común. Las impresionantes segundas vueltas. En ninguna de las dos últimas temporadas el Ajax empezó bien. Pero, en ambas, tras el parón invernal, el equipo remontó hasta llegar a conquistar el título. En esta última, el club ajacied estaba a diez puntos del líder (PSV) en noviembre. En cambio, en 2013 han logrado un total de 30 puntos sobre 36 posibles. Además, no conocen la derrota desde el 27 de enero, cuando cayeron en el Gelredome contra el Vitesse (3-2). En la pasada temporada, el Ajax llegó a ganar los últimos 14 partidos de liga acabando en un estado de forma soberbio.

El fútbol es un deporte de equipo”. Esta frase que dijo Frank de Boer este domingo nada más proclamarse campeón de la Eredivisie resume a las mil maravillas su filosofía. El ex jugador del Barcelona, gran admirador de Pep Guardiola, ha sabido construir eso. Un equipo. Aunque tiene grandes individualidades, no depende de ningún jugador en particular. Con su habitual 4-3-3 con laterales largos y extremos desequilibrantes, el Ajax es un equipo al que le gusta tener el balón. La movilidad que ofrecen sus mediocentros, unida a la gran verticalidad de sus hombres de arriba, hacen que el juego ajacied sea muy vistoso para el espectador.

Esta ha sido la temporada de la irrupción de Viktor Fischer. Con tan solo 18 años, el jovencísimo delantero de Aarhus ha sido la gran sensación del Ajax. Aunque De Boer le hizo debutar allá por octubre, fue a partir de enero cuando se hizo fijo en las alineaciones ajacieden. Rápido, ágil y habilidoso con los pies, el danés ha terminado la temporada con unas fantásticas cifras. Partiendo habitualmente desde la izquierda, ha marcado diez goles, algunos de ellos decisivos, en 23 partidos, lo que le ha confirmado como uno de los mayores talentos del fútbol danés. Danés como su compatriota Christian Eriksen. Otro que también se ha salido esta temporada. Siem De Jong, Moisander o Vermeer son otros de los nombres que han brillado con luz propia. Como también lo es Daley Blind, hijo del mítico Danny, que ha pasado de ser un jugador torpe que nadie quería a uno de los mejores laterales de la Eredivisie. Y todo ello en menos de un año. Tampoco podemos olvidar a Kolbeinn Sigthórsson. El islandés, que volvió en febrero tras una larga lesión, ha sido otra de las claves del título ajacied. El 32º en la historia del club.

Este verano parece que algunos jugadores importantes -De Jong, Eriksen y Aldeweireld- dejarán Amsterdam para dar el salto a otras ligas más competitivas. Lo que está claro es que nadie duda que Frank de Boer logrará que los que lleguen consigan tapar su ausencia. La temporada que viene, aunque durante los primeros meses de competición no veamos al mejor Ajax y por muchos puntos que le separen del liderato, caeremos en un error si le damos por muerto. Porque ya se sabe, con Frank de Boer al mando, las segundas vueltas siempre fueron buenas. 

miércoles, 1 de mayo de 2013

La reválida de Leo


Leo tiene 25 años. Ya ha jugado muchos partidos. Muchos no, muchísimos. Unos más fáciles. Otros más difíciles. En unos le han pegado más patadas. En otros menos. En la mayoría de ellos, fue decisivo. En tan sólo unos pocos, no. En algunos ha marcado goles antológicos. En otros, algunos más fáciles. Algunos partidos han sido finales. Muchos otros fueron simples partidos, sin más. Pero de entre toda esa infinidad de partidos que Leo ya ha jugado, seguramente no haya disputado aún uno como el que le espera esta noche. 

Messi ha vivido hasta ahora una etapa en la que el Barcelona ha sido el gran dominador del fútbol europeo. Unos años en los que han sido los reyes. Unos reyes muy por encima del resto. Un equipo que no ha tenido rival alguno. Si acaso el Madrid. Pero tampoco. Aunque Mourinho fue capaz de quitarles la Liga la temporada pasada, en Europa cayeron. El Barça también, sí. Pero, pese a ello, la corona seguía estando en sus manos. En definitiva, durante estos años no ha habido ningún equipo que haya demostrado poder disputarle al todopoderoso Barcelona su hegemonía.

Ahora la cosa ha cambiado.

Se ha erigido esta temporada un gigante. Un coloso que arrasa en su liga sin piedad. De goleada en goleada, se ha alzado con su campeonato nacional sin apenas despeinarse. Un equipo compacto, sólido, fuerte atrás y que arriba es una máquina goleadora. Un Bayern de Münich que ha batido un récord de puntuación en la Bundesliga con 27 victorias, 3 empates y tan sólo una derrota. Un Bayern que ha metido la friolera de 90 goles encajando únicamente 14. Un Bayern que hace escasamente una semana le endosó al Barcelona la mayor humillación recibida en los últimos años. Fue un 4-0 en las semifinales de la Champions que, por como se dio, dejó al equipo culé muy tocado. A Messi apenas se le vio. Recién salido de su lesión, participó poco en el juego y cuando lo intentó, no le salió nada. Fue un espectador más de la exhibición bávara.

Esta noche Leo no quiere ser otra vez espectador. Quiere volver a ser Leo. El sábado demostró que ya está bien. Entró en la segunda parte y le cambió la cara a su equipo. Marcó un gol de bandera y, pese a que el Barça acabó empatando contra el Athletic (2-2), aquellos 35 minutos que jugó Messi en San Mamés le sirvieron de calentamiento para lo de esta noche. Y es que Leo tiene ante sí el mayor reto que hasta ahora se le ha presentado. Durante estos maravillosos años, ha jugado partidos en los que ha tenido que darle la vuelta a eliminatorias, pero nunca ha estado ante una situación tan adversa. Y es que, hacerle más de cuatro goles al equipo más en forma de Europa no es tarea fácil. Aunque una cosa está clara. Si hay un equipo capaz de hacerlo, ese es el Barça

Esta noche, Tito necesitará al mejor Leo. Al Leo que siempre aparece en las grandes citas. Al Leo goleador. Al Leo que asiste. Más que nunca, Messi debe echarse su equipo a las espaldas y tratar, de todas las maneras posibles, darle la vuelta a la eliminatoria. Puede que lo consiga. Puede que no. No sólo con Messi bastará. Para la hazaña Tito también necesita que los Xavi, Iniesta, Piqué, Busquets y compañía rindan a su mejor nivel. Con todos, quién sabe si el Barça podrá remontar. Ahora bien, pase lo que pase, de cara a los próximos años, parece que ya hay un serio candidato para disputarle al Barcelona la corona del fútbol mundial. Si hay alguien que puede evitar que el Bayern de Münich se haga con ella, ese es Leo. Si lo logra, muy pocas cosas le quedarán por conseguir en su prolífica carrera


viernes, 19 de abril de 2013

Filip Djuricic: la última esperanza

Eindhoven. Seis y veintidós minutos de la tarde. Un grupo de jóvenes jugadores vestidos de negro con rayas amarillas fosforescentes se abrazan en un conocido campo de fútbol de la ciudad. Rebosan alegría. Enfrente suya, otros, con camisetas rojiblancas y pantalón negro están sentados, en el mismo lugar, abatidos.

Este era el panorama que el domingo pasado presentaba el Phillips Stadion nada más terminar el PSV-Ajax. Los Amsterdammers llegaban al clásico con tres puntos de ventaja, líderes de la Eredivisie. Tenían delante una oportunidad única para dejar atrás a un perseguidor en la lucha por el título. Y así pasó. Aunque vimos un partido bastante igualado, los chicos de De Boer acabaron imponiendo su ley consiguiendo una victoria (2-3) que, a falta de cuatro jornadas, les deja con todo a su favor para alzarse con el campeonato.

Además de haber conseguido ganar en Eindhoven, sus otros dos rivales por el título, Vitesse y Feyenoord, cosechaban sendos tropiezos. Inesperados en ambos casos. Los Arhenemmers desperdiciaron una ventaja de tres goles para acabar cosechando un empate en Roda (3-3) mientras que los de Koeman tan sólo pudieron empatar a uno en Galwenwaard, en el campo del RKC Waalwijk, decimoquinto.

Esta tarde el Ajax recibe al Heerenveen. El equipo de los corazoncitos se juega poco. Es sexto. Diez puntos le separan del quinto. Y, aunque no debería dormirse en los laureles, tiene casi asegurada una plaza para disputar el play-off que da acceso a jugar la temporada que viene la Europa League. Vamos, que los Superfriezen bien podrían dedicar su visita a Amsterdam a hacer turismo. Pese a todo, en Arnhem, Eindhoven y Rotterdam aún conservan un halo de esperanza. Un halo que se llama Filip Djuricic.

El serbio, que tiene sus días contados en Holanda (se marchará este verano al Benfica), es la gran revelación de la temporada. Un futbolista que puede cambiar un partido. Hábil, elegante, rápido y con una fenomenal conducción de balón, Djuricic es la gran estrella de este Heerenveen. Además de poseer un magnífico regate, asiste y marca goles. Es, por todo ello, la gran esperanza para los perseguidores del Ajax. Si los de Amsterdam ganan hoy, podremos dar la liga como definitivamente sentenciada, ya que, tras lo de esta tarde, el calendario que le queda al equipo ajaccied es asequible. Finnbogason, El Ghanassy y, sobre todo, Djuricic, pueden impedirlo y servirnos un final de temporada emocionante. Está en su mano.

viernes, 29 de marzo de 2013

Dembélé: brillando a la sombra de Bale

Hace un rato he llegado a casa. He estado un par de días en el pueblo. Llevaba mucho tiempo sin ir por allí. Y ya lo echaba de menos. Añoraba ese olor a leña quemada, la cancha de fútbol, el monte y también la mirada huidiza de mi vecino de enfrente, un boxeador retirado. He tenido tiempo para reflexionar sobre muchos asuntos. Sobre si el Valencia entrará en Champions. Sobre si el Vitesse llegará vivo al final de la temporada para luchar por la Eredivisie. Y también sobre si Cavani dejará o no Nápoles este verano. 

Otra de los temas en los que me detuve a pensar fue en la gran temporada que está haciendo el Tottenham. Y lo hice justo ahora que atraviesan un "mal momento". Lo pongo entre comillas porque están en puestos Champions en la Premier y además siguen vivos en la Europa League, en octavos, tras dejar fuera al Inter. ¿No está mal, no? Si esto es estar en un mal momento que vayan a Rodgers y le digan si no se cambiaría por Villas-Boas. Corriendo iba. 

Cuando pensé en escribir sobre el Tottenham, lo primero que se me ocurrió fue hacerlo sobre Bale. Como no. Vive el mejor momento de su carrera y es la gran sensación de la Premier. Con esto no descubro nada, lo sé. El galés está en boca de todos. Veintiséis goles lleva ya esta temporada. Y los hace de todos los colores. Con la izquierda, de cabeza, en el último minuto, de falta, empujándola. En definitiva, los marca como le viene en gana. Además, suma catorce asistencias. Todo ello en 44 partidos. Y claro, viendo estas cifras, todos alucinamos con él, nos deshacemos en elogios y no vemos más allá de su figura. Y es una pena.

Es una pena porque más allá de este galés insaciable, hay un par de jugadores que esta temporada están brillando en White Hart Lane. Podríamos hablar de la irrupción de Caulker. O de la consolidación de Vertonguen como uno de los mejores defensas de la Premier. O por qué no, de lo bien que lo está haciendo Lloris. Pero hoy no toca dedicarles unas líneas a ellos. Nuestro protagonista es otro.

Es Moussa Dembélé, un futbolista que en apenas dos años ha experimentado una transformación tremenda. Hablar del Dembélé actual nos obliga a hacerlo de Martin Jol. Y es que el entrenador neerlandés es el gran responsable de que hoy Moussa sea el jugador que es. No recuerdo con exactitud ni la fecha ni el escenario, pero bendito el día en el que Jol decidió recolocar al espigado delantero belga como mediocentro. Su progresión desde aquel momento ha sido espectacular. Fue jugando en esa posición cuando llamó la atención del Tottenham. Este pasado verano se mudó de barrio con la misión de sustituir a un croata que acababa de cambiar Londres por Madrid. 

Reemplazar a Modric no era tarea fácil. Además, llegaba con la losa de las 15 millones de libras que había costado su fichaje. Seis meses después, nadie se acuerda del croata. Dembélé se ha hecho dueño y señor del mediocampo Spur. Con Parker como escudero, el belga se mueve a sus anchas por esa zona del campo. Colabora defensivamente, genera fútbol, se asocia y llega muy bien arriba. Vamos, un box to box en toda regla. Además, sabe leer muy bien los partidos. Con una capacidad extraordinaria para proteger el balón, le da pausa al equipo y también le imprime ritmo cuando lo ve oportuno. Es el termómetro del Tottenham. 

Él es otro de los culpables de la gran temporada que están haciendo los chicos de Villas-Boas. Aunque no haga los goles que hace Bale, es una de las piedras angulares del equipo londinense. Decir que es más importante en el Tottenham que el galés sería hacer demagogia. Y para demagogos, ya tenemos a los políticos de nuestro país. Ahora bien, lo que sí que podemos afirmar tranquilamente es que Dembélé es, a día de hoy, uno de los mejores centrocampistas de la Premier. Aunque en muchas ocasiones los golazos de Bale nos cieguen, de vez en cuando está bien mirar más allá. Merece la pena, de verdad. Haciéndolo, disfrutas de otros placeres del fútbol. Dembélé es uno de ellos. Otro insaciable, en la sombra. 


miércoles, 27 de marzo de 2013

Montenegro: mucho más que Vučinić y Jovetić

Anoche España y Francia jugaban un partido decisivo para coger una plaza que les llevase directamente al Mundial de Brasil. Lo hacían al norte de París, en el moderno Saint-Denis. Como todos sabréis, España ganó con un gol de Pedro, cuajó un gran partido y todos felices. Antes de todo eso, me pasó una cosa. Cuando a las nueve menos cuarto de la noche de ayer me disponía a sentarme en el sofá de mi casa a verlo, se me ocurrió echar un vistazo al resto de partidos que había. No encontraba ninguno que me llamara la atención. Ni el Alemania-Kazajstán. Ni el Holanda-Rumanía. Ni tampoco el Bélgica-Macedonia. Pero en ese momento, cuando estaba a punto de cerrar la página, vi, abajo del todo, el Montenegro-Inglaterra.

A priori, si a uno le dicen que hay un Montenegro-Inglaterra, seguramente le sea indiferente. Y pensará: trámite y victoria fácil para los de las islas, seguro. Ahora bien, cuando uno mira la clasificación del grupo H y ve a Montenegro liderándolo, la cosa cambia. Y cambia todavía más cuando uno se para a leer el once de los montenegrinos y ve que su delantera la conforman Vučinić y Jovetić. Casi nada. En ese momento, que me iba a merendar ese partido lo sabían hasta en China. 

El partido tenía su miga. Montenegro, primera de su grupo con trece puntos, recibía en Podgorica a Inglaterra, segunda con once. El Pod Goricom era el escenario de la batalla. Un estadio construido allá por 1945, nada más acabar la Segunda Guerra Mundial. Por aquel entonces, tenía una capacidad para 5.000 espectadores. En 1952 se quemó y unos años más tarde, fue reconstruido aumentando en 10.000 el número de aficionados que podía albergar. Anoche, no cabía ni un alfiler allí. Salvo un par de ingleses que se podían contar con los dedos de la mano, el resto del estadio estaba poblado por montenegrinos conscientes de lo que se jugaban: medio billete para el Mundial de Brasil.

Tan sólo seis minutos tardó Rooney en adelantar a Inglaterra. Y claro, en ese momento, sabiendo que aún no se habían enfrentado ambas selecciones, se te pasa por la cabeza esa victoria fácil que te habías imaginado sin saber nada del partido antes de que empezara. Se fue rápido. Tras unos minutos de tanteo tras el gol, los montenegrinos empezaron a carburar y, empujados por su público, se fueron comiendo poco a poco a Inglaterra. Llegaban y llegaban. Pero arriba, los dos que tenían que marcar las diferencias no lo hacían. Y es que ayer, ni Vučinić ni Jovetić tuvieron su día. Se movían, estaban activos, se asociaban, pero cuando se aproximaban al área de Hart se les nublaban las ideas. Me temía lo peor. Pero, cosas del fútbol, me llevé una grata sorpresa.

Y es que en Montenegro, hay vida más allá de estos dos. Uno de los que más me llamó la atención fue el zurdo Simon Vukcevic. Partiendo desde la derecha, el jugador del Karpaty Lviv no se cansó de tirar diagonales hacia dentro. Cada vez que cogía el balón, enfilaba la portería sin dudarlo ni un solo momento. El lateral Vladimir Volkov fue otro que me sorprendió gratamente. Incansable, se pasó todo el partido recorriéndose la banda izquierda. Un puñal. En la otra banda estaba Savic. A este si le conocía. Pero hasta ese momento, le había visto actuar como lateral, sino como central, en la defensa de tres de la Fiorentina. Pues nada, como si llevase toda la vida jugando ahí.  

Pero más allá de individualidades, lo que más me gustó de Montenegro fue el colectivo en sí. Es un equipo en el que todos trabajan, sin excepción. Todos van en la misma dirección. Y ahí el mérito lo tiene el seleccionador: Branko Brnovic. El montenegrino ha armado un plantel que está muy por encima de las individualidades. Ayer esto quedó demostrado. A pesar de que Vucinic y Jovetic no estuvieron acertados, el equipo supo competir y plantarle cara a Inglaterra e incluso, estuvo cerca de llevarse los tres puntos. Si no lo hizo, fue quizás por ese aspecto, por la falta de acierto arriba. Brnovic ha sabido camuflar las limitaciones de su plantilla y explotar sus puntos fuertes. Un equipo agresivo, rocoso, aguerrido y que acumula mucha gente en campo contrario cuando ataca. Un diez para él.

Volviendo a lo que fue el encuentro, Dejan Damjanovic logró el gol del empate tras una jugada embarullada a diez minutos del final y el resultado no se movió. Reparto de puntos y Montenegro que sigue líder, aventajando a Inglaterra en dos puntos. Se volverán a ver las caras en Wembley. Y esa será la prueba definitiva para Montenegro. Tras lo de ayer, los chicos de Brnovic pueden estar tranquilos. Si en ese partido Jovetic y Vucinic están más acertados, pensar en una victoria en Londres no se antoja utópico. Para nada. Y si no lo están, el colectivo se impondrá, una vez más, al igual que ocurrió ayer en el Pod Goricom. 



domingo, 24 de marzo de 2013

Se están cargando el fútbol

Hay muchos tipos de películas. Muchos no, muchísimos. Las hay románticas, de suspense, de terror, de ciencia ficción y también de acción. En muchas de ellas, sobre todo en las últimas, el cine casi siempre tiende a establecer dos grupos claramente enfrentados, que luego el espectador califica como "los buenos" y "los malos". Dentro de los buenos, el protagonista es el gran triunfador y acaba la película vivo y logrando su objetivo. En el camino, se encuentra con infinidad de obstáculos. Entre ellos, está el típico tiroteo final. Aunque por momentos parezca que los malos lleven la iniciativa, al final el bueno y los suyos acabarán derrotándoles. Éste quizás reciba algún disparo, pero ya sea por cuestión de suerte o por su propia naturaleza en muchos casos hasta divina, sobrevivirá saliéndose con la suya. Final feliz y el espectador que se irá a su casa, seguramente, con una sonrisa de oreja a oreja.

En el fútbol de hoy en día ocurre una cosa parecida. Dentro de ese estereotipado guión que exponía más arriba, nos encontramos en medio de ese tiroteo. Aquí los buenos somos el fútbol de verdad y los románticos de esto, mientras que los malos son el fútbol moderno, los jeques y el dinero. El disparo más reciente se ha producido en el municipio de Newham, en Londres. Y lo hemos sufrido nosotros, los buenos de la película.

Esta semana el West Ham hizo oficial un secreto a voces. El club que preside David Sullivan llegó a un acuerdo con el gobierno londinense para trasladarse al Estadio Olímpico a partir de 2016. A cambio de un puñado de millones y un aumento en el número de espectadores (de 35.000 a 60.000), los hammers dejarán uno de los estadios más míticos del fútbol ingles: Upton Park. Inaugurado en 1904, por allí han pasado ilustres como Bobby Moore, Trevor Brooking, Di Canio, Billy Bonds o Devonshire entre otros. El club londinense cambiará una mística y un ambiente únicos por lo que hoy en día prima en el fútbol: el dinero. Qué será de esas pompas que sobrevuelan The Boleyn Ground cada vez que el equipo salta al campomarca un gol. Qué pasará con la mítica Boleyn Tavern, situada al lado del estadio y lugar de peregrinaje para cualquier aficionado al fútbol que va a ver un partido del West Ham. Supongo que seguiremos viendo pompas en el nuevo estadio y que el dueño de la taberna relanzará su negocio de alguna manera, pero nada será igual.

Un pedacito del corazón de todos los hammers que hay por el mundo se irá con The Boleyn Ground. La última bala que han disparado los malos ha impactado directamente en ellos, pero también en los jugadores históricos de los que antes hablaba, o en otros más recientes como Frankie Lampard, Joe Cole, Diamanti o Scott Parker. Esa bala también nos ha dado a nosotros, a los románticos del fútbol, a los que preferimos un De Koel antes que un Etihad. Aunque nos duela decirlo, hoy el fútbol ha muerto un poco más. Esperemos que, aunque el panorama se presente negro, al igual que ocurre con el bueno en el cine, el fútbol auténtico, el de verdad, se imponga sobre aquellos que quieren acabar con él.